MARTA BENITES
Marta y Alberto, siempre fueron un referente de amor matrimonial , un ejemplo concreto de servicio y entrega total.
Siempre pensamos que eran nuestro matrimonio santo. Pudimos mirarlos como ejemplo y experimentar su paternidad y maternidad.
Marta y Alberto, pertenecían al Curso Contigo, curso fundante de la Federación de Familia. Supieron vivir e irradiar casi sin proponérselos, ser padres de un mundo nuevo. Siempre fueron un referente de amor matrimonial, un ejemplo concreto de servicio y entrega total.
Siempre pensamos que eran nuestro matrimonio santo. Pudimos mirarlos como ejemplo y experimentar su paternidad y maternidad.
Toda reunión con miembros de Federación en el dulce hogar de los Benites en Nuñez, no se vivía como un trabajo apostólico, sino como un mimo al alma. Alberto generosamente preparaba unos inolvidables asados y Marta desplegaba unos detalles de atención, escucha y confianza enaltecedora fuera de lo común. Con el afecto que nos decía Pichona, Pichón, muy unido a una confianza enaltecedora que lograba que los que la rodeaban dieran lo mejor de sí…
La abnegación con que Martita (como la llamaba Alberto cariñosamente) cuidaba de él, era admirable. Vivía para él, y partió junto al Padre pocos meses después que Alberto. Mostraban el atractivo por el matrimonio y la familia, muy naturalmente. Me decía en esos días que su vida terrenal no tenía sentido sin Alberto, que querían volver a estar juntos para seguir cuidando de los suyos.
Cuando no podían participar muy activamente acrecentaban la oración por los federados, por la Región. Se preocupaba de cada persona, cuidaba cómo acompañar, sostener.
Mujer de una fe inquebrantable. De joven le costaba terminar de entender y vivir la Inscriptio. En su ocaso, su vida fue un permanente ADSUM. Estuve con ella, en el Sanatorio, dos días antes de su fallecimiento. Me pidió que le llevara al Padre Pepe Vallarino porque estaba preparada y quería que su PASO fuera muy en paz…y lo fue.
Decía que eran muy bendecidos en sus hijos, nietos y bisnietos, en sus hijos postizos, sus pichones en Schoenstatt. Agradecemos de corazón ser de esos pichones. Su huella en nuestros corazones, perdurará por siempre.

